Salón de Entrada

Buenos días y bienvenidos a este pequeño rincón de la imaginación y la fantasía. Soy el Gran Bibliotecario de este lugar y seré su anfitrión en este paseo por los otros mundos. En esta biblioteca ustedes encontrarán relatos para todos los gustos: algunos les asustarán, otros les conmoverán, quizás se rían con algunos de ellos y espero que todos ellos les hagan vibrar de emoción.

Las obras que les iré presentando han ido surgiendo de mi humilde cabeza durante años. Algunas son obras primerizas, antiguas y, por tanto, ingenuas y con un idealismo propio de la juventud. Otras son historias de madurez, no aptas para todos los públicos y donde intento reflexionar sobre los temas que me preocupan. Sea como sea, espero que sean de su agrado, y por supuesto estoy dispuesto a recibir todo tipo de comentarios para, quizás en el futuro no escrito todavía, mejorar y ofrecer mejores historias que las presentadas aquí.

En cada entrada pondré un relato, o parte de él si resultara de una extensión inapropiada para una sola entrada de blog. También pondré el título de la historia y la fecha aproximada en que fue escrita.

Espero que disfruten con las historias, fantasías y sueños escritos en pergamino que presento aquí tanto como yo disfruté imaginándolas y transcribiéndolas para todos ustedes.

Y sin más preámbulos, pasen dentro de la biblioteca y espero que disfruten de su visita.

sábado, 26 de junio de 2010

El Ataque del Camarada Rojo

Escrito en Marzo de 2009 como trasfondo para un personaje de La Llamada de Cthulhu ambientado en la campaña Horror en el Orient Express.



Marzo de 1935, Finca Ashtown – Condado de Surrey

- ¿Sabes qué es lo que no soporto de las clases humildes, William? – dijo de repente Albert mientras apuntaba con su rifle de caza a un ave que sobrevolaba los jardines de la finca Ashtown de la que él era propietario desde que su querido padre falleció en extrañas circunstancias.

William, el paciente criado del señor Ashtown , leía el periódico para su señor mientras él se dedicaba a su deporte favorito: la caza. Normalmente William estaba acostumbrado a que su señor dijera cosas raras y saliera con frases como esta, pero esta mañana estaba especialmente sensible ante las extravagancias habituales de su amo y sus repetitivas pérdidas de memoria, así que no pudo evitar contestar a su amo con cierto desdén. Conocía a Albert Ashtown desde que era un niño, él había sido mayordomo en la finca Ashtown desde hacía 40 años, y había visto nacer, crecer y convertirse en un hombre al joven Albert. Por tanto, podía permitirse ciertas confianzas con él.

- Señor Albert, debe ser algo parecido a las cosas que a mí me suelen molestar de las clases altas.

- Buena respuesta, William, veo que no has perdido el ingenio. De todos modos… ¿sabes lo que me molesta? Su absoluta falta de voluntad para convertir sus vidas en aquello que desean.

William había tenido aquella conversación muchas veces con su joven señor, y sabía que no podía acabar bien, así que decidió concentrarse en seguir leyendo el periódico y no discutir con él. De repente vio una noticia que le impresionó profundamente.

- Señor, mire esta noticia de aquí. Ese detective belga tan famoso, Hercules Poirot – pronunció Poirot como si hubiera soltado un escupitajo – ha resuelto un nuevo crimen.

- Curioso individuo, sin duda – contestó su señor distraído mientras apuntaba al pájaro que revoloteaba por el cielo azul de la campiña de Surrey – ¿Pero qué tiene de especial este caso en concreto? Ese hombrecillo resuelve muchos casos al año.

- Parece ser que ha resuelto un complicado caso de asesinato en menos de 24 horas a bordo del lujoso tren Orient Express. Es lo que pone aquí, por lo menos. Parece ser que la víctima era un conocido gangster de la mafia siciliana.

Albert dejó en ese momento de apuntar al cielo, bajó la escopeta y prestó más atención a su mayordomo.

- ¿Cómo fue? Quiero decir… ¿Cómo falleció la víctima?

- La noticia afirma que la víctima falleció asesinada de doce cuchilladas, mientras dormía. El detective Poirot resolvió que un gangster de una familia rival accedió al tren mientras estaba detenido por una ventisca de nieve, se introdujo en el compartimento de la víctima y le asesinó mientras dormía. Terrible, ¿no cree?

La cara de Albert había cambiado, sutil pero indudablemente, sin que lo percibiera su mayordomo. Ahora su rostro reflejaba la expresión de aquel que está al borde de la locura.

- Tendrían que haberme dejado a mí, yo lo hubiera impedido, y habría ajusticiado al criminal. No lo habría dejado escapar.

- ¿Cómo dice milord? – ahora William estaba realmente consternado. Esto se salía de las incoherencias normales de su señor.

- Ya lo has oído. Esto habría podido resolverse sin víctimas si el Camarada Rojo hubiera estado allí. – Albert bajó la mirada hacia el suelo y comenzó a caminar lentamente hacia los bosques cercanos, alejándose de la finca y de su atónito sirviente. Murmuraba para sí mientras caminaba cabizbajo, con el rifle apenas agarrado a su delgada mano.

El anciano William siguió a su señor, acelerando el paso, ahora con verdadera curiosidad. Albert comenzó a mirar la mano que sostenía el rifle y observó la marca que tenía en ella; una marca que había adquirido después de su viaje de dos años por el continente europeo. Albert nunca había podido explicar el origen de aquella cicatriz. William se acercó a su señor, le cogió lentamente el rifle y le cogió del hombro, intentando animarle.

- Milord, ¿se encuentra usted bien?

- No lo sé, mi querido Will… Todo es muy confuso… Estoy empezando a recordar cosas… de cuando hice aquel viaje. ¿Cuántos años tenía por aquel entonces?

- Fue en 1923, por lo que debía tener usted veintidós años. – William comenzó a divagar y recordar aquellos tiempos felices. - Aún recuerdo que era un joven brillante, calificado por los diarios especializados como la gran promesa de la firma Greenwood, Haley y Asociados, ahora conocida como Ashtown, Greenwood y Asociados.

- No me recuerdes aquella época, Will, es mejor así.

- Señor, no entiendo. ¿Por qué nunca quiere hablar de aquel viaje y siempre se pone de esta manera cada vez que alguien lo menciona?

- ¿A qué te refieres? ¿Crees que estoy loco? – Ahora Albert había levantado la voz más de lo normal. Por suerte para ambos, estaban en medio del campo y nadie podía contemplar el inapropiado comportamiento de Lord Ashtown.

- Señor, no creo que esté loco, pero creo realmente que a usted le pasó algo en aquel viaje que hizo hace doce años, y que no quiere hablar de ello porque le marcó profundamente.

Albert se quedó en silencio durante un minuto que se hizo eterno. William se quedó firme ante él, dando a entender que era hora de que su ya no tan joven señor empezara a hablar y liberara sus demonios. Albert se lo quedó mirando, con miedo en sus ojos, pero al final habló:

- Yo estuve en aquel tren, ¿sabes? Desde París hasta llegar al otro extremo del continente, en Turquía. Pasaron muchas cosas durante aquel viaje, no las recuerdo todas. Mi memoria solo me permite acceder a ciertos recuerdos. Recuerdo Venecia… recuerdo haber sido perseguido por los Camisas Negras, la guardia fascista de Mussolini.Porco.

- ¿Por qué iban a perseguirle a usted, mi señor? Es un hombre honorable y defensor de la justicia y las leyes.

- Por aquel entonces las cosas eran algo diferentes. No puedo recordar bien, pero creo que no era un amigo del régimen fascista italiano. Y solía andar con tipos raros, con gentuza, clase baja. Recuerdo a Nick.

- ¿Quién es Nick, milord?

- Era una especie de ratero de poca monta, un estafador. Vivía en el East End de Londres. No recuerdo como entré en contacto con él, solo recuerdo que me acompañó durante todo el viaje en el Orient Express.

William estaba bastante escandalizado por las declaraciones de su señor. Juntarse con aquella escoria y ser perseguido por la policía de otro país no era precisamente beneficioso para la reputación de la familia Ashtown. Sin embargo, antes de que pudiera formular algún tipo de queja, Albert continuó con su relato.

- Recuerdo que huí de aquelloscamicie nere por las callejuelas y puentes de Venecia. En cierto punto de mi huída, encontré un puesto de máscaras venecianas. Compré allí una máscara roja y una capa negra de terciopelo, para ocultarme de mis perseguidores en la oscuridad.

- ¿Se refiere usted a esa máscara roja tan horrenda que tiene colgada en la pared de su estudio?

- Sí, esa es. Huí de mis perseguidores, me escondí, pero ellos encontraron mi rastro. Supongo que en pleno siglo XX no es muy común ver a un hombre enmascarado y con capa huyendo a toda velocidad por las calles de una ciudad. Cuando me encontraron, decidí que no quería correr más. Me enfrenté a ellos. Aquellos camisas negras eran una especie de voluntarios del régimen fascista. Los muy idiotas ni siquiera llevaban armas de fuego, solo portaban porras. Supongo que los tiempos han cambiado, claro. El caso es que me enfrenté a dos de ellos, vestido con mi peculiar atuendo. No sé si fue por la tenue iluminación de la callejuela donde me habían arrinconado, o el impacto visual de la máscara, pero conseguí reducir a uno de ellos y los demás huyeron, gritando en italiano que los había atacado un fantasma. A partir de aquel momento, creé al Camarada Rojo.

William no se lo podía acabar de creer, aquello era demasiado… peligroso, demasiado… imposible para su señor Albert.

- Señor, ¿está usted afirmando ahora mismo y en este instante que usted era el Camarada Rojo, aquel justiciero de las clases bajas que durante un par de años de la década pasada se dedicó a enfrentarse a la opresión policial y ayudaba a los pobres e indefensos por todo el sureste de Europa? ¿Aquel que salía siempre en la sección de sucesos de los diarios sensacionalistas? ¿Aquel que desapareció misteriosamente sin dejar rastro de un día para otro?

Albert miró a su criado con pena, sabiendo que su anciano mayordomo no le creía.

- Sí, querido Will, era yo. Sé que no me crees, pero tengo pruebas que lo demuestran. Tengo la máscara, tengo la capa. Y tengo las cicatrices de mis enfrentamientos con las fuerzas de seguridad.

William no estaba convencido del todo, esa máscara podría haberla conseguido en cualquier parte. Aunque claro, las cicatrices… antes de irse a aquel viaje sabático de dos años no tenía ninguna de esas marcas. William había admirado al Camarada Rojo y todo lo que hizo entre 1923 y 1925, y leía con avidez todas las noticias de los diarios que estuvieran relacionadas con él. Sin embargo, no podía creérselo. ¿Su señor, el estirado y “odio a los pobres” Albert Ashtown? No podía ser. Aunque en el fondo, William deseaba creerlo, deseaba descubrir que su señor era mucho más de lo que él había supuesto jamás.

- ¿Así es como se hizo usted esa marca de la mano derecha, milord?

- No, querido Will. Esto fue mucho después. Por la época en que el Camarada Rojo actuaba en Venecia, yo aún podía controlarlo. Aún era mi mascarada, mi creación. Luego se convirtió en algo mucho más terrible.

- No le comprendo, milord. ¿A qué se refiere? – William ahora estaba empezando a asustarse de verdad, y el rostro tétrico de su amo no ayudaba precisamente a aliviar esa sensación.

- Me estoy refiriendo a que, a medida que pasó el tiempo, el Camarada Rojo se fue adueñando de mí. No sabría decirte cuando empezó, pero sí puedo contarte cómo terminó de poseerme.

- Señor, me está empezando a asustar de verdad, ¿dice usted que un ser ficticio le está poseyendo? ¿De qué manera podría ocurrir algo semejante, milord? – Para la mente británica rígida de William, algo así era inconcebible.

- Fue en un pueblo perdido en los bosques de Yugoslavia. Aquel país… Tienes que entenderlo, William, aquel país es diferente, está en nuestro mismo continente pero viven tres o cuatro siglos por detrás. En las zonas rurales la gente sigue viviendo igual que en la época de las Cruzadas. No recuerdo cómo acabé llegando a aquel pueblo, ahora no recuerdo cómo se llamaba. Recuerdo que estaba en mitad de la montaña y sólo había bosques y valles en cien millas a la redonda. Recuerdo que la gente de aquel pueblo tenía problemas. Por aquella época el Camarada Rojo ya me hablaba.

- ¿Dice usted que le hablaba, mi señor? ¿Cómo puede ser eso? ¿No era usted el Camarada Rojo? – La paciencia de William se estaba agotando, toda aquella historia era demasiado extravagante, había demasiados hechos inconexos, pero… por alguna razón sabía que su amo no le estaba mintiendo.

- No me crees, ¿verdad? Lo entiendo. En fin. Prepárame el almuerzo, querido William, de tanto hablar me ha entrado apetito.

Albert se levantó resignado y siguió a su amo hacia la finca, consternado. William decidió dejar el tema para más tarde. Aquel día su señor Albert lo pasó en la terraza del piso superior de la finca, mirando el paisaje verde y azul que tenía ante sí y con la horrible máscara roja en sus manos. De tanto en tanto la miraba con dolor; William llegó a advertir incluso que se le escapaba alguna lágrima de vez en cuando. Albert Ashtown permaneció allí hasta el crepúsculo, momento en el que William decidió que ya había sido suficiente melancolía por un día.

- Mi señor, ya se ha puesto el sol, debería usted entrar en la casa o cogerá frío. No sé por qué está tan abatido, pero debe pensar que aquello ya pasó y que usted está ahora aquí, en Inglaterra, en la finca de su familia. Y aquí está a salvo.

- ¿Tú crees, mi querido Will? Yo no lo sé. El paganismo y el demonio nos acecha por todas partes, incluso aquí en nuestro amado país. En las zonas rurales la gente sigue adorando a dioses y entes de cierto poder sobrenatural que tú y yo no conocemos y que no podemos entender.

Ahora William ya estaba indignado y cansado de tantas incoherencias.

- Mi señor, se lo ruego, entre en casa y déjese de tantas supersticiones. Mañana tiene que acudir a Londres para defender a su cliente de un importante caso de homicidio. ¿Lo recuerda? ¿Aún recuerda sus obligaciones actuales?

- Las recuerdo, William, no te preocupes. – Albert hizo ademán de levantarse, pero se lo pensó y volvió a sentarse, para desconsuelo de su mayordomo. - ¿Quieres saber cómo me hice esta marca de la mano?

- Está bien, cuéntemelo con la condición de que después se vaya usted a acostar.

- Me lo hice en un bosque de Yugoslavia, un bosque a unos kilómetros de aquel recóndito pueblo. Los pueblerinos me pidieron ayuda para convencer a una bruja que vivía en los bosques de que dejara de realizar sus truculentas prácticas. Yo pensé que se trataba de superstición local, así que acudí a la cabaña del bosque de aquella anciana. Decidí combatirla con las mismas armas de superstición, así que fui disfrazado del Camarada Rojo.

Albert hizo una pausa, estaba visiblemente afligido y le costaba pronunciar las siguientes palabras. Al cabo de un par de minutos reunió el valor suficiente para poder continuar, mientras su mayordomo se impacientaba.

- Cuando llegué allí, hablé con la anciana. Parecía una señora mayor normal y corriente. Al poco de hablar con ella me confirmó lo que ya sospechaba. No tenía ninguna intención de marcharse. Así pues, decidí asustarla un poco con mi fantochada del Camarada Rojo, pero no quiso escucharme y se encerró en su cabaña. En aquel momento… algo cambió. Yo dejé de ser yo… algo me poseyó. Sin saber porqué, empecé a aporrear la puerta de la cabaña con todas mis fuerzas. La ira y la sed de sangre me dominaban. Al final, la puerta roñosa de madera cedió… y entré.

Otra pausa… William estaba empezando a enfadarse de verdad, pero estaba demasiado asustado por el relato para replicar nada a su enloquecido señor.

- Dentro… pensé que habría paredes de madera. Pero no había nada de eso. Es difícil de explicar. Había cuerpos. Cuerpos humanos. Trozos de cuerpos humanos. Brazos, piernas, torsos, cabezas mutiladas… cubrían la totalidad de las cuatro paredes de la choza. – Ahora Albert lloraba visiblemente mientras contaba su historia – No creo que puedas ni siquiera imaginarte algo así, Will, era algo repugnante, repulsivo, horrible, grotesco, demencial, parecía que las paredes de la cabaña estaban hechas de carne humana. Y lo peor no era eso… Lo peor era que todos aquellos miembros humanos… ¡se movían! ¡Tenían vida!

William decidió en ese momento que, definitivamente, su amo estaba loco de remate. Sin embargo, había algo en su mirada, algo que daba a entender que decía la verdad.

- Sé que no me crees – dijo Albert sollozando – ¡pero es completamente cierto! ¡Uno de esos brazos me arañó y me hizo esta marca que ves en mi mano!

- Señor… ¿qué hizo usted entonces?

- Bueno… a continuación… sé que la vieja bruja sacó una guadaña e intentó atacarme con ella. Por suerte, yo aún era joven en aquella época y pude esquivar fácilmente sus golpes. No resultó fácil, intentar esquivar a la bruja del infierno y a esos brazos y manos de pesadilla. Tras esquivar unos pocos ataques, pude agarrar la guadaña con toda mi fuerza y forcejeé con la bruja para arrebatarle el arma. Después de aquello, todo es bastante confuso. Recuerdo que usé su propia guadaña para descuartizar a la bruja. Y después de aquello… todo está borroso. Lo siguiente que recuerdo es estar frente a la cabaña de la bruja, con la guadaña en la mano y viendo arder hasta los cimientos aquel impío lugar de muerte, sangre y corrupción. El Camarada Rojo me hablaba, y me felicitaba por el trabajo realizado. Su voz era terrible, sarcástica, cruel y aterradora. Pero sabía que no me haría daño, él me necesitaba para actuar, y eso en parte me tranquilizó. Después me desmayé. A los tres días aparecí en el pueblucho de mala muerte, donde Nick me encontró y me llevó de vuelta al Orient Express.

- ¿Y cómo volvió usted a Inglaterra después, en ese estado?

Albert lanzó una elocuente y desesperanzadora mirada a su mayordomo.

- Eso es lo que quiero preguntarle al Camarada Rojo cuando vuelva a hablar conmigo.

Había algo que William no comprendía de las últimas palabras de su señor. Para calmar su miedo ante la terrible historia que acababa de escuchar, decidió seguir hablando.

- Señor… ¿dice usted que en doce años no ha vuelto a hablar con el Camarada Rojo?

Albert negó con la cabeza a su mayordomo y se levantó de su asiento. Entró en la casa y se dispuso a retirarse a sus aposentos para descansar. Había sido un largo día de amargos y terribles recuerdos.

Aquella noche, Albert se despertó sobresaltado. Se encontraba en la habitación de su criado, y sólo veía a través de dos rendijas circulares. A pesar de la oscuridad, pudo ver a su criado William en la cama, con una atroz expresión en su rostro y rodeado de sangre. Albert miró horrorizado a sus manos, y encontró en ellas una daga egipcia llena de sangre, al igual que sus manos. Había vuelto a pasar. Le estaba controlando de nuevo. Albert se dio cuenta entonces de su indumentaria. Se miró al espejo que había en la habitación de su mayordomo y una terrible figura encapuchada y con una horrible máscara roja que le daba un aspecto infernal, le devolvió una sonrisa carente de emoción.

- Sabes que tenía que hacerlo, querido Albert. Le has contado demasiado. No puede saberlo.

Albert comenzó a sollozar en silencio, se le atragantaban las palabras al hablar.

- ¿Por qué? ¿Por qué después de tanto tiempo? Pensé que no volverías. ¿Por qué?

- Si hubieras mantenido la boca cerrada yo no tendría que haber vuelto para arreglar lo que has estropeado.

- ¿Quién eres en realidad? ¿Por qué me acosas?

- Soy tú. Tú me creaste. Me diste un nombre incluso. Salieri. Es un nombre que me gusta, aunque por supuesto los demás solo me conocerán como el Camarada Rojo. Sabes que me necesitas, tú no puedes ser tú sin mí.

- ¿Por qué? ¿Por qué?

- Porque me necesitas. Necesitas que se haga justicia en el mundo, y tú eres demasiado débil para hacer lo que se ha de hacer.

- No quiero, no quiero hacer las cosas así.

- Oh, sí que quieres. Si no lo quisieras, yo no habría nacido. De todos modos, no hace falta que te lamentes tanto. Tenemos mucho que hacer. Mañana tienes un juicio, tienes que defender a un hombre acusado de asesinato. Ese hombre no debe llegar con vida a su juicio. Yo me encargaré de ello.

- ¿Por qué? ¡Yo creo en la justicia, en las leyes, no te necesito!

- Sabes que ganarás el juicio, sabes que liberarán a ese asesino. Ese criminal al que tú mismo querrías ver muerto. Ese hombre que sabes que trata con seres sobrenaturales, que ha hecho pactos con demonios para cometer sus crímenes. No podemos permitir que salga con vida.

- Entonces… ¿qué vas a hacer?

- Ahora te explicaré lo que vamos a hacer. Sólo tienes que confiar en mí…

La Mona Lisa

Escrito durante la primavera de 2003


El atardecer. La habitación está a oscuras. Me encuentro sola, con mis preocupaciones. Nadie parece entenderme; ni yo misma a veces me entiendo. Veo el sol poniéndose por mi ventana. Los rayos de luz desaparecen poco a poco de mi vista, mientras permanezco inmóvil sentada en mi cama. “¿Qué estoy haciendo aquí?”, me pregunto a ratos. Como no puedo responder, sigo callada, mirando al espejo en la otra punta de la sala. Estoy muy fea. Las lágrimas han hecho que se me corra el maquillaje. Total, ¿para qué me sirve si no puedo atraer la atención de ningún hombre? Ni siquiera mi marido parece prestarme atención. Me adora, haría todo por mí. Pero no me quiere de verdad. Por lo menos no me quiere como yo deseo.

Me levanto. Me dirijo al espejo y me miro bien. Si, desde luego estoy muy fea. No sé por qué mi marido se casó conmigo. Nunca fui rica, no soy guapa y no tengo estudios. Nunca le he preguntado qué vio en mí, pero tampoco me atrevo. Ahora está fuera, ha viajado a visitar a un pintor, un tal Leonardo. Supongo que también será muy feo, como la mayoría de pintores que he conocido. Aunque claro, tampoco he conocido muchos. No sé para qué querrá hablar con él. Supongo que querrá que le haga uno más de entre tantos retratos que se ha hecho ya. Mi marido es de los que piensan que retratándose se hacen inmortales. Para mí es solo otra distracción más.

Aunque claro, tampoco me han retratado nunca, así que no puedo opinar.

Me acerco a la ventana. Si, ya es de noche. La casa está tan vacía... Siempre que mi marido sale de viaje se lleva a casi todos los criados con él. Ahora mismo solo estoy yo con la cocinera y el mayordomo. Y no se puede decir de ellos que sean muy habladores. Igual dentro de un rato bajo a cenar. Aunque no tengo demasiada hambre. Solo quiero tumbarme en la cama y viajar mentalmente a aquellos lugares de mi infancia, allá en Nápoles. La echo mucho de menos, a ella y a la gente con la que crecí. Ahora nada tiene sentido. Las paredes de casa son tan frías... Creo que tendré que encender las velas ya. Espero que mi marido regrese pronto de su viaje. Me aburro mucho.

¿Por qué hablo tanto de mi marido si en el fondo le odio? Me trata con cortesía, pero no como un marido trataría a la mujer que ama. No puedo quejarme, vivo a cuerpo de reina. Pero no me da lo que yo necesito.

Me quiero morir...

***

Por fin volvió mi marido. Y me trajo una noticia que no me esperaba. Va a venir el gran Leonardo Da Vinci, ¡a pintarme a mí! Bueno, mi marido dice que es un gran pintor, aunque a mí me parecen todos iguales. Será porque yo no entiendo mucho de pintura. Desde luego esto ha sido algo inesperado. ¡Creo que es lo mejor que mi marido ha hecho por mí jamás! Esto es lo que necesitaba, un poco de atención por su parte. Además, me ha dicho que lo ha hecho para que yo también quede inmortalizada en todo mi esplendor. ¿Eso quiere decir que piensa que soy guapa? Si, eso espero. Si, eso es. Debo ser guapa. Y pensar que el otro día quería tirarme por un barranco... Que tonta soy.

***

Ha venido por fin ese pintor, Leonardo. Estoy otra vez en mi habitación. Ahora es de día, una luminosa y cálida mañana. Hoy es un gran día. Leonardo me pintará, y me sacará lo más guapa posible. Claro que sí, soy muy guapa. La mujer más guapa al sur de Milán. Me voy a peinar un poco, sí. Un poco de maquillaje en los ojos tampoco vendrá mal, no. Bien, creo que ya estoy adecentada. Me voy a poner algo elegante. ¿Este conjunto azul? No, demasiado arriesgado. Probaré con este negro.

***

Cuán rápido puede cambiar el estado de ánimo de alguien. Ahora estoy posando para ese pintor. Es bastante joven, y guapo. Y también bastante simpático, vaya. Ha hecho que sonría un poco. Pero por dentro estoy destrozada. Mi marido ni siquiera se ha dignado a presentarse a la sesión de pintura. Me ha dejado aquí con el pintor y se ha ido a resolver no se qué negocio. Le odio. Definitivamente no puedo soportarle. Encima tengo que soportar esta pose falsa durante horas. Espero que acabe pronto el tal Leonardo. Es bastante incómodo mantener una misma posición durante tanto tiempo. Como se nota que no es él el que tiene que posar. No creo que le gustara. Aunque claro, estar de pie pintando a alguien también debe ser agotador... Pensándolo bien, no se está tan mal aquí.

Como no acabe pronto me voy a hartar...

***

Por fin se acabó posar para ese cuadro. La verdad es que estoy conmovida. Nunca hubiera sabido que pudiera ser tan guapa. Mi marido no ha venido aún. Que poca decencia por su parte... Leonardo se ha ido ya. La verdad es que era un buen muchacho. Espero que haya cobrado bastante por este trabajo, reconozco que soy una persona difícil de pintar. Sinceramente, me he dado cuenta de que este era un gran pintor. Ha sabido reflejar con exactitud mi estado de ánimo. Hay algo raro en el cuadro... Parece como si sonriera y llorara a la vez. Espero que a mi marido le guste.

***

Han pasado tres días, y mi marido aún no ha visto el cuadro. ¡Sinvergüenza! Estoy empezando a pensar que ha hecho el cuadro para reírse de mi situación. Lleva tres días encerrado en esa habitación, con un negocio que solo él y sus amigotes conocen. Casi no ha probado bocado. Le llevan la comida directamente a la habitación. Llevo tres días durmiendo sola. Esto no es justo. La vida no es justa. Muchas mujeres viven unas vidas felices, y son mucho más pobres que yo. En cambio, aquí me encuentro. En esta solitaria habitación de esta casa que no es la mía, porque para mí no contiene nada que quiera conservar, ningún recuerdo que quiera recordar, nada que me pueda servir para ser más feliz.

***

El atardecer. La habitación está a oscuras. Me encuentro sola, con mis preocupaciones. Nadie parece entenderme; ni yo misma a veces me entiendo. Veo el sol poniéndose por mi ventana. Los rayos de luz desaparecen poco a poco de mi vista, mientras permanezco inmóvil sentada en mi cama. “¿Qué estoy haciendo aquí?”, me pregunto a ratos. Ahora ya lo sé. Esta vida es un infierno, no es justo nada de lo que me está pasando. La única justicia que encuentro está fuera de este mundo. Por eso he tomado esta decisión... Le digo adiós a todos, los que me han tratado bien y los que no. Le digo adiós a las penas, a los sufrimientos. Le digo adiós a las cosas buenas que me fueron negadas. Le digo adiós a quien esté leyendo estas palabras. Les deseo la vida a los que la puedan disfrutar. Yo encontraré la felicidad en otro lugar. Adiós...