Salón de Entrada

Buenos días y bienvenidos a este pequeño rincón de la imaginación y la fantasía. Soy el Gran Bibliotecario de este lugar y seré su anfitrión en este paseo por los otros mundos. En esta biblioteca ustedes encontrarán relatos para todos los gustos: algunos les asustarán, otros les conmoverán, quizás se rían con algunos de ellos y espero que todos ellos les hagan vibrar de emoción.

Las obras que les iré presentando han ido surgiendo de mi humilde cabeza durante años. Algunas son obras primerizas, antiguas y, por tanto, ingenuas y con un idealismo propio de la juventud. Otras son historias de madurez, no aptas para todos los públicos y donde intento reflexionar sobre los temas que me preocupan. Sea como sea, espero que sean de su agrado, y por supuesto estoy dispuesto a recibir todo tipo de comentarios para, quizás en el futuro no escrito todavía, mejorar y ofrecer mejores historias que las presentadas aquí.

En cada entrada pondré un relato, o parte de él si resultara de una extensión inapropiada para una sola entrada de blog. También pondré el título de la historia y la fecha aproximada en que fue escrita.

Espero que disfruten con las historias, fantasías y sueños escritos en pergamino que presento aquí tanto como yo disfruté imaginándolas y transcribiéndolas para todos ustedes.

Y sin más preámbulos, pasen dentro de la biblioteca y espero que disfruten de su visita.
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sábado, 26 de junio de 2010

El Experimento

Escrito durante el año 2006.

Laboratorio Biológico 157 – Cubierta 5 – Astronave militar Achilles

Veo una luz... ahora puedo ver. Reconozco este lugar. Estas paredes grisáceas y metálicas. Estos aparatos. Esta celda de acero indestructible. Sin embargo, algo ha cambiado: yo no estaba aquí dentro. Recuerdo muy pocas cosas de lo que pasó antes de despertar. Mis garras están llenas de sangre, una sangre diferente a la mía. No puedo imaginarme en qué situación podía encontrarme anteriormente. De todos modos, noto algo raro en mí. Algo diferente. No puedo saber lo que es con exactitud.

Oigo unos pasos... pasos humanos. No sé como puedo saberlo, pero mi instinto me dice que tenga cuidado. Voy a hacerme el dormido, así podré enterarme de lo que está ocurriendo. Ya llegan... son dos. Están hablando entre ellos. Se acercan a mí. Me están mirando. Algo en mi interior me dice que debo odiarles, pero no sé porqué. Creo que hablan de mí.

- ¿Qué ordenes te han dado del Alto Mando?

- Tenemos que estudiar al ser capturado por la capitana Ripley, para comprobar el grado de éxito del experimento. Debemos estudiar el comportamiento de este espécimen, anotar cualquier cambio que se pudiera producir en su conducta e informar al Alto Mando. Aunque si por mí fuera destruiría de una vez a este bicho.

- ¿Y arriesgarte a que la Compañía realice una investigación? Ya sabes lo que le pasó a Ripley hace un tiempo. Se enfrentó por primera vez a uno de estos seres, y solo pudo destruirle tras hacer estallar el Nostromo, aunque hay algo en esa historia que no concuerda. A la Compañía le sentó muy mal ver la nave destruida. Supongo que es el estilo de la Compañía: se preocupan más por sus cacharros metálicos que por las vidas humanas. En fin, espero que se produzca algún cambio en el bicho y podremos largarnos de este infecto laboratorio.

- No se producirá ningún cambio. Son todos iguales. Llevan el odio en la sangre. Son asesinos perfectos y de tanta agresividad que me repugna el mero hecho de encerrarles y experimentar con ellos. Deberían estar todos muertos. Ellos no suelen realizar prisioneros, ¿lo sabías?

- No, la verdad es que lo único que sé sobre estos seres es lo que la capitana le dijo a toda la tripulación. Esperaba que tú me aportaras más información sobre ellos.

- Te voy a contar una anécdota sobre este “maravilloso” ser, este espécimen en concreto. Supongo que sabes que estos bichos surgen de unas estructuras similares a huevos, que eclosionan cuando el proceso de gestación ha sido completado. De estos “huevos” salen unos seres similares a aquel que tenemos encerrado en el tanque V-10. Para poder transformarse en lo que ves ante ti, primero debe iniciar un proceso simbiótico con otro ser: hasta ahora hemos comprobado que puede realizar este proceso con seres humanos y perros. Pero, a saber...

- Que asqueroso. Bueno, y ¿cómo se transforma finalmente en... esto?

- Ah, si. Bien, tras completar el proceso simbiótico, es expulsado desde el pecho de la víctima (acabando con su vida, claro) en una nueva forma muy agresiva y con un instinto totalmente asesino. Aunque en esta fase no es más grande que un gato. Después, tras un tiempo escondido, se produce una fase de evolución a una velocidad anti-natural y, finalmente, se convierte en lo que tienes ante ti. Un asesino perfecto, sin sentimientos. Este ser no experimenta el rencor, el odio, la duda, y no se plantea ninguna disyunción moral.

- Bueno, y la anécdota que me ibas a contar sobre este bicho?

- Ah, si. Aquí donde lo ves, nuestro amiguito penetró hace doce días en el sistema de ventilación de la colonia minera KF-1010 y acabó con toda vida orgánica que había en aquel lugar. Como ejemplo de su crueldad amoral, te diré que acabó incluso con los niños y los ancianos. ¡Por el amor de Dios, liquidó hasta a las mascotas! Y después de eso, le enseñó el camino a sus asquerosos compañeros para que invadieran el lugar y lo convirtieran en su nido. Ahora entiendes mi postura, ¿verdad? Esta clase de experimentos no hacen más que reafirmar que la Compañía tiene más aprecio por estos malditos bichos que por nuestras propias vidas.

- Supongo que tienes razón ¿Y, por qué estamos reteniéndole aquí si es un asesino y se merece que acabemos con él?

- Ya sabes: órdenes.

Mi vida siente desfallecer ante este cúmulo de acontecimientos. ¡Soy un asesino! ¡Por eso tengo mis garras ensangrentadas! Siento algo que jamás había sentido: arrepentimiento. ¿Qué me han hecho estos malditos seres? Ahora recuerdo. Recuerdo cuando nací. Tomé como cuerpo simbiótico a una niña humana. Salí expulsado de ella. Entonces, la maté. Oh no, ¿por qué me siento tan mal? Jamás había sentido esto respecto a la muerte de los demás. ¿Qué me está pasando? No lo comprendo...

***

Ahora recuerdo... después de aquello me convertí en lo que soy ahora. ¡Un ser despreciable! La historia que cuentan es cierta: destruí a todos aquellos humanos inocentes, y en aquel momento me sentí realizado. Ahora me doy asco. Desearía acabar con mi vida en este mismo instante. ¿Por qué me estoy arrepintiendo de todo lo que he hecho en vida? Nunca lo había hecho, y no pensaba que lo haría jamás. Ahora lo veo: antes no pensaba.

No, no puede ser, los humanos no serían capaces... ¿O sí? No debo pensar, debo actuar por instinto. Mi instinto me dice ahora que... ¡no puedo! No puedo actuar como lo hacía antes. Ahora comprendo lo que es vivir, y no puedo hacer lo que hacía antes. No puedo volver a asesinar. Ahora entiendo la forma de pensar de los humanos. No puedo asesinar sin un motivo...

***

Ripley... Ripley... Ripley... ¿De qué me suena ese nombre? Por lo que han dicho, es una criatura de mujer. Recuerdo que entre los míos era alguien conocido. Ahora recuerdo... acabó con muchos de los nuestros. ¡Si! Ahora sé quien es. Ella casi exterminó a mi raza. ¿Por qué hizo aquello? Pensaba que los humanos no mataban sin sentido. Ahora lo veo. Lo único que diferencia a nuestras razas es que nosotros matamos a nuestros enemigos, les damos muerte en batalla. Ellos no. Ellos nos capturan para experimentar con nosotros y torturarnos. ¡Un momento! ¡Vienen más humanos! Estos parecen soldados. Y traen algo pesado con ellos. Una caja metálica gigante. Huele a algo familiar. ¡No, no será verdad!

- Trasladamos al espécimen número 10 desde el Laboratorio Biológico 83. Las órdenes respecto a este espécimen las encontrarán en este sobre.

- Hmmmm, está bien.

- Por favor, firme aquí.

- Si, bien. Sáquenlo y colóquenlo por allí.

¡Mis temores eran ciertos! ¡Es uno de mis compañeros! Lo están sacando de la caja. Está en un tanque de agua. Lo trasladan cerca de donde está mi celda. Los soldados se marchan con la caja. Mi compañero parece estar inconsciente. ¿Entenderá él lo que significa estar inconsciente? ¿Soy acaso el único de mi especie que puede plantearse estas cuestiones? Recuerdo que antes no lo hacía. No pensaba, sólo actuaba. Empiezo a sentirme atrapado en esta jaula, pero no veo modo de escapar. Estos barrotes son muy duros. No deberían tenerme encerrado aquí, no quiero hacer daño a nadie. Ya no. He cambiado. Quiero salir de aquí. Espera, ¿qué van a hacer con él? Uno de ellos está mirando las órdenes. El otro le mira. Son unos verdaderos monstruos, ¡no tienen compasión ni piedad!

- De acuerdo, las órdenes dicen que le extraigamos parte de su sangre para que sea utilizada como un complemento a los nuevos rifles de asalto que la Compañía está fabricando.

- Un momento: ¿no había dicho la capitana que su sangre era como ácido, que corroía todos los metales?

- Si, exactamente, por eso debemos extraerla con materiales anti-corrosivos.

- ¿Y donde vamos a encontrar ahora mismo esos materiales?

- ¿A ti donde te enseñaron a pensar? ¡Ve a buscarlos! Y pregúntale a cualquier otro

- Está bien... que asco de trabajo.

Uno de ellos se va... a buscar nuevos instrumentos de tortura. No puedo permitirlo, ¡no lo permitiré! Golpearé estos barrotes hasta que pueda escapar de este sórdido lugar. Ahora entiendo mi naturaleza, ¡soy un asesino! Sin embargo, ahora tengo un motivo: acabar con estos crueles humanos que nos utilizan como cobayas. Si he de morir, será peleando y no en esta celda. El humano se está asustando: ahora sí que podrá apreciar un cambio en mi conducta, aunque será lo último que aprecie si salgo de aquí. Seguiré golpeando los barrotes con toda mi furia. Ahora entiendo la naturaleza de mi raza. Somos supervivientes. Fuimos creados para adaptarnos a todas las situaciones hostiles, como esta. Ya casi está... El humano está cada vez más asustado, llama a sus amigos humanos. ¡Da igual, acabaré con todos ellos y con su crueldad!

- Puente de mando, Puente de mando, aquí Donner, tenemos un problema en el Laboratorio Biológico 157. Uno de los especimenes... sí, el especial... está intentando escapar de su celda. Y parece que lo vaya a conseguir, necesito refuerzos inmediatamente. Sí, en el Laboratorio Biológico 157, inútil. Por favor, es una cuestión de vida o muerte... Oh, no ... Ya está aquí, ¡se ha escapado! ¡Viene hacia mí! ¡Que alguien me ayude! ¡Padre nuestro que estás en los ...!

- Donner, Donner, informe, ¿dónde está? Enviamos refuerzos para allá enseguida. ¿Donner?

Sí, enviad refuerzos, pobres y desvalidos humanos. Ahora podreis comprobar la furia de mi gente. ¡Hola, compañero! Supongo que no estarás a gusto en ese tanque de agua. Yo te liberaré y acabaremos con estos indeseables torturadores. Ah, sí. Recuerdo cómo se hacía. Ahora que lo pienso, no debería de saber nada de esto, parece como si ya hubiera estado aquí alguna vez. Como si yo hubiera sido uno de esos apestosos humanos. En fin, ahora no tengo tiempo. Liberaré a mi compañero y haremos lo que hemos venido a hacer.

***

Estoy en un pasillo de la nave, mi compañero ha caído muerto. Uno de esos soldados humanos acabó con él por la espalda, como un cobarde. Por suerte, no podrá contar esta anécdota a sus hijos. Ahora sólo estoy yo para escapar de aquí. Tengo que buscar las lanzaderas de emergencia, y podré ser libre. ¡No! Debo acabar con quien inició todo esto. Es mi obligación como soldado de mi especie. ¡Ripley! Sí, ahora me acuerdo. He oído que estás en la nave. El día de hoy se recordará como el día en que Ripley, la asesina de mi especie, caerá luchando contra mí.

Ahora lo entiendo: soy el único de mi especie que tiene poder de elección, y he elegido ser un asesino. Agradezco a estos miserables humanos lo que han hecho conmigo, porque me han hecho libre. Me han dado la libertad de elegir de qué forma deseo matarles. Me dirijo al puente de mando, seguro que encontraré allí a mi presa. Estoy cerca, puedo oler a los humanos. Sólo me separa de mi objetivo esta puerta. Debo entrar, aunque la puerta parece demasiado resistente. Está bien, les ganaré en su propio terreno... Ya oigo sus voces...

- Teniente, ¿qué es ese ruido que se oye fuera de la puerta?

- No lo sé, capitana. Me acaban de informar de que un espécimen se ha escapado del Laboratorio Biológico 157. Puede que sea él.

- No lo creo, teniente. Esos seres no son tan inteligentes como para haber llegado hasta aquí sin que nadie advirtiera su presencia. De todos modos, vaya a ver qué han sido esos ruidos. Y extreme la precaución.

- Si, señora.

Ya se acerca, ya está aquí. Espero que caiga en la trampa. Estoy muy nervioso. No debería, estoy entrenado para esto. Fui creado para esto. No puedo fallar. ¡Sí! Ha abierto las puertas, y se está acercando al animal.

- Señora, era sólo un gato. Nada importante.

- Está bien, tráigalo dentro y así nos evitará más problemas. Con ese bicho dando vueltas por la nave, habrá que extremar las precauciones.

- Sí, señora.....

- Teniente, ¿no tiene nada mejor que hacer que charlar conmigo?... ¿No me contesta?... ¿Teniente?

Ya eres mío, Teniente. ¿Te gusta sentirte enganchado a mi cola? Espero que si, porque será lo último que sentirás. Oh sí. Ripley. Aquí estás. Por fin, llevaba tiempo esperando este momento. Ahora se verá quien de los dos es más fuerte. No llames por radio a tus amigos humanos, ahora solo estamos tu y yo. Y uno de los dos no saldrá con vida de esta habitación.

- ¡General, General! Soy Ripley, necesito ayuda en el puente de mando. El bicho que se escapó del laboratorio está aquí. Ha matado al Teniente Richards y ha cerrado las compuertas. Me ha dejado encerrada con él. ¡Traigan refuerzos enseguida!

Pide ayuda, aunque estoy seguro de que nadie llegará. Por algo he saboteado los mecanismos de la puerta. Veo el miedo en tus ojos. El mismo miedo que yo tenía cuando estaba encerrado en aquella sucia jaula. Duele vivir con miedo, ¿verdad? Sabiendo que estás perdido, que has sido derrotado... ¡Un momento! Si la mato ahora me habré puesto al mismo nivel de barbarie que ellos. ¿De verdad quiero eso? ¿De verdad lo necesito? ¿Por qué tengo estas dudas? En otro tiempo no hubiera dudado. Sólo hubiera actuado. No puedo hacerlo. No sé porqué, pero no puedo hacerlo. Siento desfallecer. Estoy herido... Veo a mi enemigo delante de mí, con los ojos llenos de furia. No entiendo porqué... Caigo al suelo... siento la Muerte respirándome en la cara... Veo una luz...

***

Informe de la Compañía Weyland-Yutani A-560489383 sobre el incidente en la astronave militar Achilles.

El espécimen alienígena 6 escapó ayer del Laboratorio Biológico 157 y consiguió llegar hasta el Puente de Mando, donde fue abatido por la Capitana Ripley. Por los resultados obtenidos, el experimento X-84, que consiste en la implantación neurológica de mente y conciencia humana en un espécimen alienígena, fue un completo éxito. Según las grabaciones del incidente, se pudo observar que el espécimen utilizó en todo momento una capacidad de pensamiento creativo y espacial, que posibilitó que consiguiera llegar hasta el Puente de Mando. Inevitablemente, el ser cayó abatido por el láser de la Capitana Ripley. Creemos que estos seres pueden manifestar emociones y dudas en determinados momentos del periodo de pruebas del experimento. Anulando el componente emocional en los injertos a los próximos especimenes creemos que podremos obtener finalmente el modelo de guerreros que la Compañía necesita para su nuevo Ejército.

El Ataque del Camarada Rojo

Escrito en Marzo de 2009 como trasfondo para un personaje de La Llamada de Cthulhu ambientado en la campaña Horror en el Orient Express.



Marzo de 1935, Finca Ashtown – Condado de Surrey

- ¿Sabes qué es lo que no soporto de las clases humildes, William? – dijo de repente Albert mientras apuntaba con su rifle de caza a un ave que sobrevolaba los jardines de la finca Ashtown de la que él era propietario desde que su querido padre falleció en extrañas circunstancias.

William, el paciente criado del señor Ashtown , leía el periódico para su señor mientras él se dedicaba a su deporte favorito: la caza. Normalmente William estaba acostumbrado a que su señor dijera cosas raras y saliera con frases como esta, pero esta mañana estaba especialmente sensible ante las extravagancias habituales de su amo y sus repetitivas pérdidas de memoria, así que no pudo evitar contestar a su amo con cierto desdén. Conocía a Albert Ashtown desde que era un niño, él había sido mayordomo en la finca Ashtown desde hacía 40 años, y había visto nacer, crecer y convertirse en un hombre al joven Albert. Por tanto, podía permitirse ciertas confianzas con él.

- Señor Albert, debe ser algo parecido a las cosas que a mí me suelen molestar de las clases altas.

- Buena respuesta, William, veo que no has perdido el ingenio. De todos modos… ¿sabes lo que me molesta? Su absoluta falta de voluntad para convertir sus vidas en aquello que desean.

William había tenido aquella conversación muchas veces con su joven señor, y sabía que no podía acabar bien, así que decidió concentrarse en seguir leyendo el periódico y no discutir con él. De repente vio una noticia que le impresionó profundamente.

- Señor, mire esta noticia de aquí. Ese detective belga tan famoso, Hercules Poirot – pronunció Poirot como si hubiera soltado un escupitajo – ha resuelto un nuevo crimen.

- Curioso individuo, sin duda – contestó su señor distraído mientras apuntaba al pájaro que revoloteaba por el cielo azul de la campiña de Surrey – ¿Pero qué tiene de especial este caso en concreto? Ese hombrecillo resuelve muchos casos al año.

- Parece ser que ha resuelto un complicado caso de asesinato en menos de 24 horas a bordo del lujoso tren Orient Express. Es lo que pone aquí, por lo menos. Parece ser que la víctima era un conocido gangster de la mafia siciliana.

Albert dejó en ese momento de apuntar al cielo, bajó la escopeta y prestó más atención a su mayordomo.

- ¿Cómo fue? Quiero decir… ¿Cómo falleció la víctima?

- La noticia afirma que la víctima falleció asesinada de doce cuchilladas, mientras dormía. El detective Poirot resolvió que un gangster de una familia rival accedió al tren mientras estaba detenido por una ventisca de nieve, se introdujo en el compartimento de la víctima y le asesinó mientras dormía. Terrible, ¿no cree?

La cara de Albert había cambiado, sutil pero indudablemente, sin que lo percibiera su mayordomo. Ahora su rostro reflejaba la expresión de aquel que está al borde de la locura.

- Tendrían que haberme dejado a mí, yo lo hubiera impedido, y habría ajusticiado al criminal. No lo habría dejado escapar.

- ¿Cómo dice milord? – ahora William estaba realmente consternado. Esto se salía de las incoherencias normales de su señor.

- Ya lo has oído. Esto habría podido resolverse sin víctimas si el Camarada Rojo hubiera estado allí. – Albert bajó la mirada hacia el suelo y comenzó a caminar lentamente hacia los bosques cercanos, alejándose de la finca y de su atónito sirviente. Murmuraba para sí mientras caminaba cabizbajo, con el rifle apenas agarrado a su delgada mano.

El anciano William siguió a su señor, acelerando el paso, ahora con verdadera curiosidad. Albert comenzó a mirar la mano que sostenía el rifle y observó la marca que tenía en ella; una marca que había adquirido después de su viaje de dos años por el continente europeo. Albert nunca había podido explicar el origen de aquella cicatriz. William se acercó a su señor, le cogió lentamente el rifle y le cogió del hombro, intentando animarle.

- Milord, ¿se encuentra usted bien?

- No lo sé, mi querido Will… Todo es muy confuso… Estoy empezando a recordar cosas… de cuando hice aquel viaje. ¿Cuántos años tenía por aquel entonces?

- Fue en 1923, por lo que debía tener usted veintidós años. – William comenzó a divagar y recordar aquellos tiempos felices. - Aún recuerdo que era un joven brillante, calificado por los diarios especializados como la gran promesa de la firma Greenwood, Haley y Asociados, ahora conocida como Ashtown, Greenwood y Asociados.

- No me recuerdes aquella época, Will, es mejor así.

- Señor, no entiendo. ¿Por qué nunca quiere hablar de aquel viaje y siempre se pone de esta manera cada vez que alguien lo menciona?

- ¿A qué te refieres? ¿Crees que estoy loco? – Ahora Albert había levantado la voz más de lo normal. Por suerte para ambos, estaban en medio del campo y nadie podía contemplar el inapropiado comportamiento de Lord Ashtown.

- Señor, no creo que esté loco, pero creo realmente que a usted le pasó algo en aquel viaje que hizo hace doce años, y que no quiere hablar de ello porque le marcó profundamente.

Albert se quedó en silencio durante un minuto que se hizo eterno. William se quedó firme ante él, dando a entender que era hora de que su ya no tan joven señor empezara a hablar y liberara sus demonios. Albert se lo quedó mirando, con miedo en sus ojos, pero al final habló:

- Yo estuve en aquel tren, ¿sabes? Desde París hasta llegar al otro extremo del continente, en Turquía. Pasaron muchas cosas durante aquel viaje, no las recuerdo todas. Mi memoria solo me permite acceder a ciertos recuerdos. Recuerdo Venecia… recuerdo haber sido perseguido por los Camisas Negras, la guardia fascista de Mussolini.Porco.

- ¿Por qué iban a perseguirle a usted, mi señor? Es un hombre honorable y defensor de la justicia y las leyes.

- Por aquel entonces las cosas eran algo diferentes. No puedo recordar bien, pero creo que no era un amigo del régimen fascista italiano. Y solía andar con tipos raros, con gentuza, clase baja. Recuerdo a Nick.

- ¿Quién es Nick, milord?

- Era una especie de ratero de poca monta, un estafador. Vivía en el East End de Londres. No recuerdo como entré en contacto con él, solo recuerdo que me acompañó durante todo el viaje en el Orient Express.

William estaba bastante escandalizado por las declaraciones de su señor. Juntarse con aquella escoria y ser perseguido por la policía de otro país no era precisamente beneficioso para la reputación de la familia Ashtown. Sin embargo, antes de que pudiera formular algún tipo de queja, Albert continuó con su relato.

- Recuerdo que huí de aquelloscamicie nere por las callejuelas y puentes de Venecia. En cierto punto de mi huída, encontré un puesto de máscaras venecianas. Compré allí una máscara roja y una capa negra de terciopelo, para ocultarme de mis perseguidores en la oscuridad.

- ¿Se refiere usted a esa máscara roja tan horrenda que tiene colgada en la pared de su estudio?

- Sí, esa es. Huí de mis perseguidores, me escondí, pero ellos encontraron mi rastro. Supongo que en pleno siglo XX no es muy común ver a un hombre enmascarado y con capa huyendo a toda velocidad por las calles de una ciudad. Cuando me encontraron, decidí que no quería correr más. Me enfrenté a ellos. Aquellos camisas negras eran una especie de voluntarios del régimen fascista. Los muy idiotas ni siquiera llevaban armas de fuego, solo portaban porras. Supongo que los tiempos han cambiado, claro. El caso es que me enfrenté a dos de ellos, vestido con mi peculiar atuendo. No sé si fue por la tenue iluminación de la callejuela donde me habían arrinconado, o el impacto visual de la máscara, pero conseguí reducir a uno de ellos y los demás huyeron, gritando en italiano que los había atacado un fantasma. A partir de aquel momento, creé al Camarada Rojo.

William no se lo podía acabar de creer, aquello era demasiado… peligroso, demasiado… imposible para su señor Albert.

- Señor, ¿está usted afirmando ahora mismo y en este instante que usted era el Camarada Rojo, aquel justiciero de las clases bajas que durante un par de años de la década pasada se dedicó a enfrentarse a la opresión policial y ayudaba a los pobres e indefensos por todo el sureste de Europa? ¿Aquel que salía siempre en la sección de sucesos de los diarios sensacionalistas? ¿Aquel que desapareció misteriosamente sin dejar rastro de un día para otro?

Albert miró a su criado con pena, sabiendo que su anciano mayordomo no le creía.

- Sí, querido Will, era yo. Sé que no me crees, pero tengo pruebas que lo demuestran. Tengo la máscara, tengo la capa. Y tengo las cicatrices de mis enfrentamientos con las fuerzas de seguridad.

William no estaba convencido del todo, esa máscara podría haberla conseguido en cualquier parte. Aunque claro, las cicatrices… antes de irse a aquel viaje sabático de dos años no tenía ninguna de esas marcas. William había admirado al Camarada Rojo y todo lo que hizo entre 1923 y 1925, y leía con avidez todas las noticias de los diarios que estuvieran relacionadas con él. Sin embargo, no podía creérselo. ¿Su señor, el estirado y “odio a los pobres” Albert Ashtown? No podía ser. Aunque en el fondo, William deseaba creerlo, deseaba descubrir que su señor era mucho más de lo que él había supuesto jamás.

- ¿Así es como se hizo usted esa marca de la mano derecha, milord?

- No, querido Will. Esto fue mucho después. Por la época en que el Camarada Rojo actuaba en Venecia, yo aún podía controlarlo. Aún era mi mascarada, mi creación. Luego se convirtió en algo mucho más terrible.

- No le comprendo, milord. ¿A qué se refiere? – William ahora estaba empezando a asustarse de verdad, y el rostro tétrico de su amo no ayudaba precisamente a aliviar esa sensación.

- Me estoy refiriendo a que, a medida que pasó el tiempo, el Camarada Rojo se fue adueñando de mí. No sabría decirte cuando empezó, pero sí puedo contarte cómo terminó de poseerme.

- Señor, me está empezando a asustar de verdad, ¿dice usted que un ser ficticio le está poseyendo? ¿De qué manera podría ocurrir algo semejante, milord? – Para la mente británica rígida de William, algo así era inconcebible.

- Fue en un pueblo perdido en los bosques de Yugoslavia. Aquel país… Tienes que entenderlo, William, aquel país es diferente, está en nuestro mismo continente pero viven tres o cuatro siglos por detrás. En las zonas rurales la gente sigue viviendo igual que en la época de las Cruzadas. No recuerdo cómo acabé llegando a aquel pueblo, ahora no recuerdo cómo se llamaba. Recuerdo que estaba en mitad de la montaña y sólo había bosques y valles en cien millas a la redonda. Recuerdo que la gente de aquel pueblo tenía problemas. Por aquella época el Camarada Rojo ya me hablaba.

- ¿Dice usted que le hablaba, mi señor? ¿Cómo puede ser eso? ¿No era usted el Camarada Rojo? – La paciencia de William se estaba agotando, toda aquella historia era demasiado extravagante, había demasiados hechos inconexos, pero… por alguna razón sabía que su amo no le estaba mintiendo.

- No me crees, ¿verdad? Lo entiendo. En fin. Prepárame el almuerzo, querido William, de tanto hablar me ha entrado apetito.

Albert se levantó resignado y siguió a su amo hacia la finca, consternado. William decidió dejar el tema para más tarde. Aquel día su señor Albert lo pasó en la terraza del piso superior de la finca, mirando el paisaje verde y azul que tenía ante sí y con la horrible máscara roja en sus manos. De tanto en tanto la miraba con dolor; William llegó a advertir incluso que se le escapaba alguna lágrima de vez en cuando. Albert Ashtown permaneció allí hasta el crepúsculo, momento en el que William decidió que ya había sido suficiente melancolía por un día.

- Mi señor, ya se ha puesto el sol, debería usted entrar en la casa o cogerá frío. No sé por qué está tan abatido, pero debe pensar que aquello ya pasó y que usted está ahora aquí, en Inglaterra, en la finca de su familia. Y aquí está a salvo.

- ¿Tú crees, mi querido Will? Yo no lo sé. El paganismo y el demonio nos acecha por todas partes, incluso aquí en nuestro amado país. En las zonas rurales la gente sigue adorando a dioses y entes de cierto poder sobrenatural que tú y yo no conocemos y que no podemos entender.

Ahora William ya estaba indignado y cansado de tantas incoherencias.

- Mi señor, se lo ruego, entre en casa y déjese de tantas supersticiones. Mañana tiene que acudir a Londres para defender a su cliente de un importante caso de homicidio. ¿Lo recuerda? ¿Aún recuerda sus obligaciones actuales?

- Las recuerdo, William, no te preocupes. – Albert hizo ademán de levantarse, pero se lo pensó y volvió a sentarse, para desconsuelo de su mayordomo. - ¿Quieres saber cómo me hice esta marca de la mano?

- Está bien, cuéntemelo con la condición de que después se vaya usted a acostar.

- Me lo hice en un bosque de Yugoslavia, un bosque a unos kilómetros de aquel recóndito pueblo. Los pueblerinos me pidieron ayuda para convencer a una bruja que vivía en los bosques de que dejara de realizar sus truculentas prácticas. Yo pensé que se trataba de superstición local, así que acudí a la cabaña del bosque de aquella anciana. Decidí combatirla con las mismas armas de superstición, así que fui disfrazado del Camarada Rojo.

Albert hizo una pausa, estaba visiblemente afligido y le costaba pronunciar las siguientes palabras. Al cabo de un par de minutos reunió el valor suficiente para poder continuar, mientras su mayordomo se impacientaba.

- Cuando llegué allí, hablé con la anciana. Parecía una señora mayor normal y corriente. Al poco de hablar con ella me confirmó lo que ya sospechaba. No tenía ninguna intención de marcharse. Así pues, decidí asustarla un poco con mi fantochada del Camarada Rojo, pero no quiso escucharme y se encerró en su cabaña. En aquel momento… algo cambió. Yo dejé de ser yo… algo me poseyó. Sin saber porqué, empecé a aporrear la puerta de la cabaña con todas mis fuerzas. La ira y la sed de sangre me dominaban. Al final, la puerta roñosa de madera cedió… y entré.

Otra pausa… William estaba empezando a enfadarse de verdad, pero estaba demasiado asustado por el relato para replicar nada a su enloquecido señor.

- Dentro… pensé que habría paredes de madera. Pero no había nada de eso. Es difícil de explicar. Había cuerpos. Cuerpos humanos. Trozos de cuerpos humanos. Brazos, piernas, torsos, cabezas mutiladas… cubrían la totalidad de las cuatro paredes de la choza. – Ahora Albert lloraba visiblemente mientras contaba su historia – No creo que puedas ni siquiera imaginarte algo así, Will, era algo repugnante, repulsivo, horrible, grotesco, demencial, parecía que las paredes de la cabaña estaban hechas de carne humana. Y lo peor no era eso… Lo peor era que todos aquellos miembros humanos… ¡se movían! ¡Tenían vida!

William decidió en ese momento que, definitivamente, su amo estaba loco de remate. Sin embargo, había algo en su mirada, algo que daba a entender que decía la verdad.

- Sé que no me crees – dijo Albert sollozando – ¡pero es completamente cierto! ¡Uno de esos brazos me arañó y me hizo esta marca que ves en mi mano!

- Señor… ¿qué hizo usted entonces?

- Bueno… a continuación… sé que la vieja bruja sacó una guadaña e intentó atacarme con ella. Por suerte, yo aún era joven en aquella época y pude esquivar fácilmente sus golpes. No resultó fácil, intentar esquivar a la bruja del infierno y a esos brazos y manos de pesadilla. Tras esquivar unos pocos ataques, pude agarrar la guadaña con toda mi fuerza y forcejeé con la bruja para arrebatarle el arma. Después de aquello, todo es bastante confuso. Recuerdo que usé su propia guadaña para descuartizar a la bruja. Y después de aquello… todo está borroso. Lo siguiente que recuerdo es estar frente a la cabaña de la bruja, con la guadaña en la mano y viendo arder hasta los cimientos aquel impío lugar de muerte, sangre y corrupción. El Camarada Rojo me hablaba, y me felicitaba por el trabajo realizado. Su voz era terrible, sarcástica, cruel y aterradora. Pero sabía que no me haría daño, él me necesitaba para actuar, y eso en parte me tranquilizó. Después me desmayé. A los tres días aparecí en el pueblucho de mala muerte, donde Nick me encontró y me llevó de vuelta al Orient Express.

- ¿Y cómo volvió usted a Inglaterra después, en ese estado?

Albert lanzó una elocuente y desesperanzadora mirada a su mayordomo.

- Eso es lo que quiero preguntarle al Camarada Rojo cuando vuelva a hablar conmigo.

Había algo que William no comprendía de las últimas palabras de su señor. Para calmar su miedo ante la terrible historia que acababa de escuchar, decidió seguir hablando.

- Señor… ¿dice usted que en doce años no ha vuelto a hablar con el Camarada Rojo?

Albert negó con la cabeza a su mayordomo y se levantó de su asiento. Entró en la casa y se dispuso a retirarse a sus aposentos para descansar. Había sido un largo día de amargos y terribles recuerdos.

Aquella noche, Albert se despertó sobresaltado. Se encontraba en la habitación de su criado, y sólo veía a través de dos rendijas circulares. A pesar de la oscuridad, pudo ver a su criado William en la cama, con una atroz expresión en su rostro y rodeado de sangre. Albert miró horrorizado a sus manos, y encontró en ellas una daga egipcia llena de sangre, al igual que sus manos. Había vuelto a pasar. Le estaba controlando de nuevo. Albert se dio cuenta entonces de su indumentaria. Se miró al espejo que había en la habitación de su mayordomo y una terrible figura encapuchada y con una horrible máscara roja que le daba un aspecto infernal, le devolvió una sonrisa carente de emoción.

- Sabes que tenía que hacerlo, querido Albert. Le has contado demasiado. No puede saberlo.

Albert comenzó a sollozar en silencio, se le atragantaban las palabras al hablar.

- ¿Por qué? ¿Por qué después de tanto tiempo? Pensé que no volverías. ¿Por qué?

- Si hubieras mantenido la boca cerrada yo no tendría que haber vuelto para arreglar lo que has estropeado.

- ¿Quién eres en realidad? ¿Por qué me acosas?

- Soy tú. Tú me creaste. Me diste un nombre incluso. Salieri. Es un nombre que me gusta, aunque por supuesto los demás solo me conocerán como el Camarada Rojo. Sabes que me necesitas, tú no puedes ser tú sin mí.

- ¿Por qué? ¿Por qué?

- Porque me necesitas. Necesitas que se haga justicia en el mundo, y tú eres demasiado débil para hacer lo que se ha de hacer.

- No quiero, no quiero hacer las cosas así.

- Oh, sí que quieres. Si no lo quisieras, yo no habría nacido. De todos modos, no hace falta que te lamentes tanto. Tenemos mucho que hacer. Mañana tienes un juicio, tienes que defender a un hombre acusado de asesinato. Ese hombre no debe llegar con vida a su juicio. Yo me encargaré de ello.

- ¿Por qué? ¡Yo creo en la justicia, en las leyes, no te necesito!

- Sabes que ganarás el juicio, sabes que liberarán a ese asesino. Ese criminal al que tú mismo querrías ver muerto. Ese hombre que sabes que trata con seres sobrenaturales, que ha hecho pactos con demonios para cometer sus crímenes. No podemos permitir que salga con vida.

- Entonces… ¿qué vas a hacer?

- Ahora te explicaré lo que vamos a hacer. Sólo tienes que confiar en mí…