Salón de Entrada

Buenos días y bienvenidos a este pequeño rincón de la imaginación y la fantasía. Soy el Gran Bibliotecario de este lugar y seré su anfitrión en este paseo por los otros mundos. En esta biblioteca ustedes encontrarán relatos para todos los gustos: algunos les asustarán, otros les conmoverán, quizás se rían con algunos de ellos y espero que todos ellos les hagan vibrar de emoción.

Las obras que les iré presentando han ido surgiendo de mi humilde cabeza durante años. Algunas son obras primerizas, antiguas y, por tanto, ingenuas y con un idealismo propio de la juventud. Otras son historias de madurez, no aptas para todos los públicos y donde intento reflexionar sobre los temas que me preocupan. Sea como sea, espero que sean de su agrado, y por supuesto estoy dispuesto a recibir todo tipo de comentarios para, quizás en el futuro no escrito todavía, mejorar y ofrecer mejores historias que las presentadas aquí.

En cada entrada pondré un relato, o parte de él si resultara de una extensión inapropiada para una sola entrada de blog. También pondré el título de la historia y la fecha aproximada en que fue escrita.

Espero que disfruten con las historias, fantasías y sueños escritos en pergamino que presento aquí tanto como yo disfruté imaginándolas y transcribiéndolas para todos ustedes.

Y sin más preámbulos, pasen dentro de la biblioteca y espero que disfruten de su visita.
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sábado, 26 de junio de 2010

El Apóstol

Escrito durante el verano de 2007.


Extraído del diario personal de Roland Jette, Capitán del Acheron.

El fuego crepitaba en la chimenea con una pasión desenfrenada, con una fuerza semejante a la que podía generar un huracán. Yo y mis compañeros nos encontrábamos resguardados en la cabaña, perdida en lo más profundo de un islote sin nombre. Afuera llovía, de una manera atronadora, como si el propio Poseidón hubiera montado en cólera por nuestros terribles actos de piratería.

La cabaña era un lugar triste y desolado, adornado únicamente por unas cuantas sillas, una mesa, la chimenea y unos cuantos animales disecados que colgaban de las paredes. Algunos de los animales que posaban para nosotros con orgullo eran totalmente desconocidos para mí. No me atrevía a preguntar a mis compañeros qué clase de criaturas eran, para no demostrar mi gran ignorancia respecto a esto. Sin embargo, algunas de esas criaturas me ponían los pelos de punta. No era posible que en el mundo natural hubiera seres semejantes.

Aquél dia, sin embargo, era un día de fiesta para nosotros, a pesar del ambiente lúgubre iluminado únicamente por el impetuoso fuego. Habíamos conseguido un gran botín tras asaltar aquel barco español cargado de oro. Mi papel, por supuesto, se había limitado a permanecer en retaguardia mientras mis compañeros pasaban por el sable a todos aquellos que se atrevieron a oponerse a nuestro asalto. El botín fue considerable, y tras hundir el barco enemigo, acudimos a este islote sin nombre, donde nos encontrábamos ahora, repartiendo el botín y emborrachándonos sin control.

No sabría como explicarlo, pero me costaba unirme al jolgorio general de la escena. Había sido un buen golpe, sí, pero temía que hubiéramos atraído demasiado la atención de la Armada Española. Tarde o temprano vendrían a buscarnos, y no repararían en gastos para recuperar su tesoro.

Mientras pensaba en todo esto, una ráfaga de viento me sacó de mi ensoñación y vi como uno de los piratas salía de la cabaña, mientras groseramente nos comunicaba su intención de ir a orinar.

No he asimilado muy bien todavía ese lenguaje zafio y grotesco que suelen usar los piratas, aunque espero que con el tiempo pueda erradicar mis modales adquiridos durante la infancia en la mansión de mis padres.

No sé cuanto tiempo pasó, pero creo que fue el suficiente para que la gente empezara a inquietarse por el pirata que había salido a mear y que aún no había vuelto. Otro de los piratas (no sé ni quiero saber su nombre) decidió salir también para vaciar su vejiga y de paso buscar a su compañero perdido. Los demás ignoraron que su compañero se había ido y siguieron con su borrachera y sus partidas de cartas.

De repente, el cristal de una de las ventanas de la cabaña se rompió, lanzando miles de cristales en todas direcciones. Este suceso, sin duda, nos alertó a todos. El capitán, temiendo que los españoles nos hubieran seguido hasta este lugar, sacó presto su sable y se preparó para lo peor. Muchos otros siguieron su ejemplo. Yo me agazapé contra una esquina de la cabaña y me quedé muy quieto. Pasaron unos segundos que se me hicieron tan largos como un día sin pan, pero nada ocurrió.

El ambiente en la cabaña se había puesto tenso de repente. Un mortal silencio invadía toda la escena, interrumpida solo por el sonido de la lluvia y el viento que venía del exterior, a través de la ventana rota. Algunos piratas sacaron sus pistolas, apuntando a la oscuridad que había al otro lado de la ventana, mientras que el resto vigilaba que nadie (o nada) entrara por la puerta. Así estuvimos durante un largo e interminable minuto.

Mi horror se hizo patente cuando advertí que el pomo de la puerta estaba girando. No debía ser el único que lo vio, pues muchos de mis compañeros se volvieron hacia la puerta, esperando con sus pistolas a que entrara nuestro asaltante. El pomo fue girando cada vez más rápido, hasta que hizo el movimiento completo y la puerta comenzó a entreabrirse.

Lo que vino a continuación es difícil de recordar, puesto que sucedió todo muy rápido. Cuando la puerta terminó de abrirse, varias pistolas fueron disparadas, impactando en el cuerpo de un hombre, que cayó al suelo acribillado. Para nuestra desgracia, observamos que el hombre que habían abatido era uno de nuestros compañeros que habían salido fuera, lo que hizo que el capitán enfureciera. Sin embargo, no tuvo demasiado tiempo de lamentarse, pues dos disparos atronadores surgieron de la oscuridad de la ventana rota y fulminaron en el instante a dos de mis compañeros.

Todo el mundo se alejó de la ventana, echando el cuerpo a tierra por si se producía una nueva descarga de pólvora. El capitán y otros piratas comenzaron a recargar sus propias pistolas, y de nuevo el silencio reinó en la habitación. Pasamos en esta terrible situación durante un par de minutos más, hasta que uno de los piratas, cansado de tanto esperar, se levanto para dirigirse a la ventana y disparar su proyectil al hombre que estaba cazándonos.

El pobre diablo no llegó a efectuar su disparo, pues un virote certero le atravesó la garganta, tirándole de nuevo al suelo y haciendo que su muerte fuera lenta y agonizante. Mis compañeros, confiados al ver que nuestro enemigo usaba simples virotes, se confiaron y se arrastraron hacia la puerta de la cabaña, esperando salir de ella y rodear a la sombra invisible que nos amenazaba. Cuando uno de los piratas abrió la puerta para salir, un líquido verdoso le cayó en todo el rostro, haciendo que se cayera al suelo, agonizando por las terribles quemaduras que le provocaba una especie de ácido verdoso.

Los demás piratas, haciendo honor a aquella valentía que surge de la estupidez, salieron corriendo de la cabaña. Yo preferí quedarme dentro, junto a los cadáveres de mis compañeros, demasiado aterrorizado para hacer nada.

Los siguientes minutos fueron un caos. La noche se tornó día cuando varios fogonazos de disparos tronaban por toda la selva, mientras mi capitán intentaba dar algunas órdenes incoherentes a sus hombres. Pronto, los disparos fueron sustituidos por los gritos de agonía de mis compañeros. Yo seguí acurrucado en mi esquina, sollozando ante la masacre que se debía estar produciendo.

Al final, saqué valor de donde pude y me arrastré hacia el otro lado de la habitación, donde se encontraba el tesoro saqueado a los españoles. Mi idea era coger un poco para mí y huir de aquel infierno cuanto antes. El olor a pólvora era cada vez más intenso, y estaba comenzando a marearme de los nervios.

Hasta que, de repente, todo sonido de violencia cesó. Yo ya había dado cuenta de parte del oro y las joyas, pero de nuevo el temor me invadió. ¿Y si nuestro enemigo había acabado con todos mis hombres y estaba esperando a que saliera? Puede que todo fuera una trampa y estuvieran fuera emboscando a los que quedáramos dentro. Decidí que era más sensato volver a mi esquina y quedarme allí, intentando pasar desapercibido.

Un golpe seco me sobresaltó de nuevo cuando vi a mi capitán, con el sable en una mano y la otra tapándose una gran herida en el hombro, entrar en la cabaña, completamente exhausto. Miró y vio que yo era el único que quedaba con vida. Me ordenó que corriera, que saliera por la ventana y huyera. Entre sus palabras incoherentes llegué a comprender algo sobre ocultar un mapa que indicaba la localización de un gran tesoro. Yo no sabía a qué se refería, y el miedo me impedía mover los músculos.

Súbitamente, un nuevo disparo de pistola impactó sobre el capitán, hiriéndole en la pierna derecha. El capitán cayó al suelo, sangrando y sin poder detener sus numerosas hemorragias. Y entonces lo vi.

Su presencia era imponente. Era alto y vestía con unas túnicas de monje, unas túnicas marrones. Sin embargo, sus botas eran más propias de un aventurero. Su cara iba cubierta con una capucha y, por tanto, no pude distinguir su rostro. En una mano sostenía una ballesta de repetición, y en la otra una pistola de balines que aún humeaba. En su cinto podía verse una magnífica cimitarra de una factura hermosa y que, deducí, debía ser un arma poderosa en combate. Por si fuera poco, además iba armado con numerosas hachas arrojadizas, que seguro eran un arma mortal en sus manos.

Yo me encontraba paralizado por el terror, y me quedé embobado mirando la figura de nuestro atacante. ¿Él solo había provocado esta carnicería? ¡No podía ser! ¡Solo era un hombre! Pero… ¿Y si no lo era? Había oído demasiadas historias sobre fantasmas del mar vengativos, y al final me rendí ante la superstición.

La sensación de desesperación en aquella habitación aumentó cuando nuestro atacante habló, con una voz gélida y carente de emoción alguna. Intentaré transcribir aquí el diálogo de lo que se dijo aquella noche, pues puede resultar de interés para aquel que lea esto y que pretenda protegerse de semejante demonio:

- Donde está – dijo nuestro atacante, con esa voz átona y seca.

- ¡No lo sé, te lo he dicho! – mi capitán le respondió como pudo, mientras tosía y escupía sangre.

- No mientas, Kirk. Tú tienes el mapa, y lo quiero ahora.

- ¡No sé de qué mapa me hablas, desgraciado! ¡Llévate todo el oro, pero no me mates!

Nuestro atacante sonrió, o al menos eso dejó entrever su tono de voz tras la capucha.

- Kirk. Escúchame atentamente. No necesito ese triste oro que robasteis a los españoles. Sólo tu cabeza ya vale 500.000 doblones. Eso sin contar con las cabezas de todos tus secuaces. Probablemente, entre todos suméis unos 800.000 doblones. Bastante más de lo que vale todo ese tesoro que habéis robado. Así que… - en ese momento se agachó, acercando su cara a la de mi capitán – Dame una sola razón por la que no debería matarte ahora mismo y cobrar mi merecida recompensa.

- ¡Haz lo que debas hacer, sabandija! – y escupió contra nuestro enemigo, quien apartó su cara lentamente de la del capitán y comenzó a limpiarse la capucha de la sangre y saliva del escupitajo.

- No estás siendo razonable, Kirk. Verás. Realmente no he venido a cobrarme la recompensa. Sólo quiero el mapa. Si me lo das, olvidaré lo que ha pasado aquí y dejaré que tú y tu grumete salgáis con vida de esto.

Yo deseaba en mi interior que mi capitán fuera razonable y le entregara el mapa. Así podría evitar mi horrible y trágico destino final. Sin embargo, mi capitán era más orgulloso de lo que yo pensaba.

- ¡Un cobarde como tú nunca conseguirá llegar allí! ¡Antes arderé en el Infierno que entregarte mi mapa!

- Bien. Veo que ya has tomado tu decisión. Encontraré el mapa, tanto si me ayudas como si no. Espérame en el Infierno.

En ese momento, nuestro enemigo levantó su ballesta de virotes y disparó contra el capitán. Su cuerpo quedó flácido e inerte. Lo que significaba que solo quedaba yo. Y yo no sabía nada de mapas ni tesoros, yo quería volver a la plantación de mis padres y cultivar azúcar.

Lentamente, el misterioso asesino se acercó a mi y me ordenó que me levantara.

- Hmmm no hay recompensa por tu cabeza. No tendría objeto matarte. Aunque claro… siempre puedes ser más razonable que tu capitán y decirme donde tenéis el mapa. Conseguí articular unas pocas palabras mientras tartamudeaba del temor a perder mi propia vida si no le ayudaba.

- Señor… no… no lo sé. Yo soy nuevo en el barco. Solo llevo una semana a bordo. Ni… ni siquiera sabía que mi capitán tuviera ningún mapa específico, ni sé adonde lleva. ¡Se lo juro, señor!

- Te creo. No creo que Kirk fuera tan estúpido de traer el mapa a esta cabaña roñosa. Tengo una ligera idea de donde puede hallarse escondido.

- Entonces… ¿me va a matar? – dije con angustia.

- Te he dicho ya que no vales nada para mí estando muerto. No hay recompensa por tu cabeza, así que sería un malgasto de munición acabar contigo. A no ser que tengas ilusión por reunirte con tus compañeros.

- ¡No, señor, ya está bien así! ¡Gracias, señor, gracias!

- Vete de aquí, gusano. Ahora eres el capitán y el único tripulante delAcheron. Buena suerte. Quizás algún día valgas lo suficiente para que me interese por ti.

- Si, señor, lo que usted diga, señor.

Me levanté corriendo y me dirigí hacia la puerta, completamente aterrorizado. Salí de la cabaña y el asesino cumplió su palabra y me dejó en paz. Sin embargo, ahora que estaba a salvo, la curiosidad vencía al terror. Así que volví. Me asomé por la puerta, y el asesino seguía exactamente donde le dejé, mirando hacia el cuerpo del capitán muerto. Sin embargo, junto a él ahora había un perro, un pastor alemán anciano y de pelaje gris. El asesino parecía estar hablando con el chucho, lo que me sorprendió. Cuando el asesino advirtió mi presencia, me miró con cierto hastío.

- ¿Qué quieres ahora? Te he dejado vivir, ¿no? Disfruta de tu libertad.

- Señor, solo quería saber una cosa… ¿Cuál es su nombre?

Pareció pensárselo un poco antes de contestar.

- Mis enemigos me conocen como el Apóstol.

- ¿Es usted un sacerdote, señor? – contesté confundido.

- ¿Acaso importa? – y clavó su penetrante mirada en mí.

- No, señor, supongo que no.

- ¿Qué es lo que espera encontrar exactamente en el lugar que marca el mapa?

- Si te lo dijera, tendría que matarte – me contestó mientras se agachaba y acariciaba al perro.

En ese momento es cuando decidí que era muy sensato salir huyendo de allí para no volver jamás. Volví al Acheron con el poco oro que había podido robar de la cabaña, tomé uno de los botes salvavidas y puse rumbo hacia el horizonte, esperando que algún barco, aunque fuera de la Armada Española, me rescatase. Ahora estaba a salvo, pero el recuerdo de aquella noche me perseguiría por siempre. Y sobretodo el rostro de aquel despreciable ser. El Apóstol. Nunca olvidaría ese nombre. Me juré a mí mismo que, hasta el fin de mis días, impediría que ese hombre, si es que era un ser de carne y hueso, se hiciese con el mapa del capitán Kirk y llegase adonde sea que lleva el mapa. Lo juré por mi alma y por todo lo que es bello y honrado en este mundo.

El primer paso sería encontrar una nueva tripulación.

El Ataque del Camarada Rojo

Escrito en Marzo de 2009 como trasfondo para un personaje de La Llamada de Cthulhu ambientado en la campaña Horror en el Orient Express.



Marzo de 1935, Finca Ashtown – Condado de Surrey

- ¿Sabes qué es lo que no soporto de las clases humildes, William? – dijo de repente Albert mientras apuntaba con su rifle de caza a un ave que sobrevolaba los jardines de la finca Ashtown de la que él era propietario desde que su querido padre falleció en extrañas circunstancias.

William, el paciente criado del señor Ashtown , leía el periódico para su señor mientras él se dedicaba a su deporte favorito: la caza. Normalmente William estaba acostumbrado a que su señor dijera cosas raras y saliera con frases como esta, pero esta mañana estaba especialmente sensible ante las extravagancias habituales de su amo y sus repetitivas pérdidas de memoria, así que no pudo evitar contestar a su amo con cierto desdén. Conocía a Albert Ashtown desde que era un niño, él había sido mayordomo en la finca Ashtown desde hacía 40 años, y había visto nacer, crecer y convertirse en un hombre al joven Albert. Por tanto, podía permitirse ciertas confianzas con él.

- Señor Albert, debe ser algo parecido a las cosas que a mí me suelen molestar de las clases altas.

- Buena respuesta, William, veo que no has perdido el ingenio. De todos modos… ¿sabes lo que me molesta? Su absoluta falta de voluntad para convertir sus vidas en aquello que desean.

William había tenido aquella conversación muchas veces con su joven señor, y sabía que no podía acabar bien, así que decidió concentrarse en seguir leyendo el periódico y no discutir con él. De repente vio una noticia que le impresionó profundamente.

- Señor, mire esta noticia de aquí. Ese detective belga tan famoso, Hercules Poirot – pronunció Poirot como si hubiera soltado un escupitajo – ha resuelto un nuevo crimen.

- Curioso individuo, sin duda – contestó su señor distraído mientras apuntaba al pájaro que revoloteaba por el cielo azul de la campiña de Surrey – ¿Pero qué tiene de especial este caso en concreto? Ese hombrecillo resuelve muchos casos al año.

- Parece ser que ha resuelto un complicado caso de asesinato en menos de 24 horas a bordo del lujoso tren Orient Express. Es lo que pone aquí, por lo menos. Parece ser que la víctima era un conocido gangster de la mafia siciliana.

Albert dejó en ese momento de apuntar al cielo, bajó la escopeta y prestó más atención a su mayordomo.

- ¿Cómo fue? Quiero decir… ¿Cómo falleció la víctima?

- La noticia afirma que la víctima falleció asesinada de doce cuchilladas, mientras dormía. El detective Poirot resolvió que un gangster de una familia rival accedió al tren mientras estaba detenido por una ventisca de nieve, se introdujo en el compartimento de la víctima y le asesinó mientras dormía. Terrible, ¿no cree?

La cara de Albert había cambiado, sutil pero indudablemente, sin que lo percibiera su mayordomo. Ahora su rostro reflejaba la expresión de aquel que está al borde de la locura.

- Tendrían que haberme dejado a mí, yo lo hubiera impedido, y habría ajusticiado al criminal. No lo habría dejado escapar.

- ¿Cómo dice milord? – ahora William estaba realmente consternado. Esto se salía de las incoherencias normales de su señor.

- Ya lo has oído. Esto habría podido resolverse sin víctimas si el Camarada Rojo hubiera estado allí. – Albert bajó la mirada hacia el suelo y comenzó a caminar lentamente hacia los bosques cercanos, alejándose de la finca y de su atónito sirviente. Murmuraba para sí mientras caminaba cabizbajo, con el rifle apenas agarrado a su delgada mano.

El anciano William siguió a su señor, acelerando el paso, ahora con verdadera curiosidad. Albert comenzó a mirar la mano que sostenía el rifle y observó la marca que tenía en ella; una marca que había adquirido después de su viaje de dos años por el continente europeo. Albert nunca había podido explicar el origen de aquella cicatriz. William se acercó a su señor, le cogió lentamente el rifle y le cogió del hombro, intentando animarle.

- Milord, ¿se encuentra usted bien?

- No lo sé, mi querido Will… Todo es muy confuso… Estoy empezando a recordar cosas… de cuando hice aquel viaje. ¿Cuántos años tenía por aquel entonces?

- Fue en 1923, por lo que debía tener usted veintidós años. – William comenzó a divagar y recordar aquellos tiempos felices. - Aún recuerdo que era un joven brillante, calificado por los diarios especializados como la gran promesa de la firma Greenwood, Haley y Asociados, ahora conocida como Ashtown, Greenwood y Asociados.

- No me recuerdes aquella época, Will, es mejor así.

- Señor, no entiendo. ¿Por qué nunca quiere hablar de aquel viaje y siempre se pone de esta manera cada vez que alguien lo menciona?

- ¿A qué te refieres? ¿Crees que estoy loco? – Ahora Albert había levantado la voz más de lo normal. Por suerte para ambos, estaban en medio del campo y nadie podía contemplar el inapropiado comportamiento de Lord Ashtown.

- Señor, no creo que esté loco, pero creo realmente que a usted le pasó algo en aquel viaje que hizo hace doce años, y que no quiere hablar de ello porque le marcó profundamente.

Albert se quedó en silencio durante un minuto que se hizo eterno. William se quedó firme ante él, dando a entender que era hora de que su ya no tan joven señor empezara a hablar y liberara sus demonios. Albert se lo quedó mirando, con miedo en sus ojos, pero al final habló:

- Yo estuve en aquel tren, ¿sabes? Desde París hasta llegar al otro extremo del continente, en Turquía. Pasaron muchas cosas durante aquel viaje, no las recuerdo todas. Mi memoria solo me permite acceder a ciertos recuerdos. Recuerdo Venecia… recuerdo haber sido perseguido por los Camisas Negras, la guardia fascista de Mussolini.Porco.

- ¿Por qué iban a perseguirle a usted, mi señor? Es un hombre honorable y defensor de la justicia y las leyes.

- Por aquel entonces las cosas eran algo diferentes. No puedo recordar bien, pero creo que no era un amigo del régimen fascista italiano. Y solía andar con tipos raros, con gentuza, clase baja. Recuerdo a Nick.

- ¿Quién es Nick, milord?

- Era una especie de ratero de poca monta, un estafador. Vivía en el East End de Londres. No recuerdo como entré en contacto con él, solo recuerdo que me acompañó durante todo el viaje en el Orient Express.

William estaba bastante escandalizado por las declaraciones de su señor. Juntarse con aquella escoria y ser perseguido por la policía de otro país no era precisamente beneficioso para la reputación de la familia Ashtown. Sin embargo, antes de que pudiera formular algún tipo de queja, Albert continuó con su relato.

- Recuerdo que huí de aquelloscamicie nere por las callejuelas y puentes de Venecia. En cierto punto de mi huída, encontré un puesto de máscaras venecianas. Compré allí una máscara roja y una capa negra de terciopelo, para ocultarme de mis perseguidores en la oscuridad.

- ¿Se refiere usted a esa máscara roja tan horrenda que tiene colgada en la pared de su estudio?

- Sí, esa es. Huí de mis perseguidores, me escondí, pero ellos encontraron mi rastro. Supongo que en pleno siglo XX no es muy común ver a un hombre enmascarado y con capa huyendo a toda velocidad por las calles de una ciudad. Cuando me encontraron, decidí que no quería correr más. Me enfrenté a ellos. Aquellos camisas negras eran una especie de voluntarios del régimen fascista. Los muy idiotas ni siquiera llevaban armas de fuego, solo portaban porras. Supongo que los tiempos han cambiado, claro. El caso es que me enfrenté a dos de ellos, vestido con mi peculiar atuendo. No sé si fue por la tenue iluminación de la callejuela donde me habían arrinconado, o el impacto visual de la máscara, pero conseguí reducir a uno de ellos y los demás huyeron, gritando en italiano que los había atacado un fantasma. A partir de aquel momento, creé al Camarada Rojo.

William no se lo podía acabar de creer, aquello era demasiado… peligroso, demasiado… imposible para su señor Albert.

- Señor, ¿está usted afirmando ahora mismo y en este instante que usted era el Camarada Rojo, aquel justiciero de las clases bajas que durante un par de años de la década pasada se dedicó a enfrentarse a la opresión policial y ayudaba a los pobres e indefensos por todo el sureste de Europa? ¿Aquel que salía siempre en la sección de sucesos de los diarios sensacionalistas? ¿Aquel que desapareció misteriosamente sin dejar rastro de un día para otro?

Albert miró a su criado con pena, sabiendo que su anciano mayordomo no le creía.

- Sí, querido Will, era yo. Sé que no me crees, pero tengo pruebas que lo demuestran. Tengo la máscara, tengo la capa. Y tengo las cicatrices de mis enfrentamientos con las fuerzas de seguridad.

William no estaba convencido del todo, esa máscara podría haberla conseguido en cualquier parte. Aunque claro, las cicatrices… antes de irse a aquel viaje sabático de dos años no tenía ninguna de esas marcas. William había admirado al Camarada Rojo y todo lo que hizo entre 1923 y 1925, y leía con avidez todas las noticias de los diarios que estuvieran relacionadas con él. Sin embargo, no podía creérselo. ¿Su señor, el estirado y “odio a los pobres” Albert Ashtown? No podía ser. Aunque en el fondo, William deseaba creerlo, deseaba descubrir que su señor era mucho más de lo que él había supuesto jamás.

- ¿Así es como se hizo usted esa marca de la mano derecha, milord?

- No, querido Will. Esto fue mucho después. Por la época en que el Camarada Rojo actuaba en Venecia, yo aún podía controlarlo. Aún era mi mascarada, mi creación. Luego se convirtió en algo mucho más terrible.

- No le comprendo, milord. ¿A qué se refiere? – William ahora estaba empezando a asustarse de verdad, y el rostro tétrico de su amo no ayudaba precisamente a aliviar esa sensación.

- Me estoy refiriendo a que, a medida que pasó el tiempo, el Camarada Rojo se fue adueñando de mí. No sabría decirte cuando empezó, pero sí puedo contarte cómo terminó de poseerme.

- Señor, me está empezando a asustar de verdad, ¿dice usted que un ser ficticio le está poseyendo? ¿De qué manera podría ocurrir algo semejante, milord? – Para la mente británica rígida de William, algo así era inconcebible.

- Fue en un pueblo perdido en los bosques de Yugoslavia. Aquel país… Tienes que entenderlo, William, aquel país es diferente, está en nuestro mismo continente pero viven tres o cuatro siglos por detrás. En las zonas rurales la gente sigue viviendo igual que en la época de las Cruzadas. No recuerdo cómo acabé llegando a aquel pueblo, ahora no recuerdo cómo se llamaba. Recuerdo que estaba en mitad de la montaña y sólo había bosques y valles en cien millas a la redonda. Recuerdo que la gente de aquel pueblo tenía problemas. Por aquella época el Camarada Rojo ya me hablaba.

- ¿Dice usted que le hablaba, mi señor? ¿Cómo puede ser eso? ¿No era usted el Camarada Rojo? – La paciencia de William se estaba agotando, toda aquella historia era demasiado extravagante, había demasiados hechos inconexos, pero… por alguna razón sabía que su amo no le estaba mintiendo.

- No me crees, ¿verdad? Lo entiendo. En fin. Prepárame el almuerzo, querido William, de tanto hablar me ha entrado apetito.

Albert se levantó resignado y siguió a su amo hacia la finca, consternado. William decidió dejar el tema para más tarde. Aquel día su señor Albert lo pasó en la terraza del piso superior de la finca, mirando el paisaje verde y azul que tenía ante sí y con la horrible máscara roja en sus manos. De tanto en tanto la miraba con dolor; William llegó a advertir incluso que se le escapaba alguna lágrima de vez en cuando. Albert Ashtown permaneció allí hasta el crepúsculo, momento en el que William decidió que ya había sido suficiente melancolía por un día.

- Mi señor, ya se ha puesto el sol, debería usted entrar en la casa o cogerá frío. No sé por qué está tan abatido, pero debe pensar que aquello ya pasó y que usted está ahora aquí, en Inglaterra, en la finca de su familia. Y aquí está a salvo.

- ¿Tú crees, mi querido Will? Yo no lo sé. El paganismo y el demonio nos acecha por todas partes, incluso aquí en nuestro amado país. En las zonas rurales la gente sigue adorando a dioses y entes de cierto poder sobrenatural que tú y yo no conocemos y que no podemos entender.

Ahora William ya estaba indignado y cansado de tantas incoherencias.

- Mi señor, se lo ruego, entre en casa y déjese de tantas supersticiones. Mañana tiene que acudir a Londres para defender a su cliente de un importante caso de homicidio. ¿Lo recuerda? ¿Aún recuerda sus obligaciones actuales?

- Las recuerdo, William, no te preocupes. – Albert hizo ademán de levantarse, pero se lo pensó y volvió a sentarse, para desconsuelo de su mayordomo. - ¿Quieres saber cómo me hice esta marca de la mano?

- Está bien, cuéntemelo con la condición de que después se vaya usted a acostar.

- Me lo hice en un bosque de Yugoslavia, un bosque a unos kilómetros de aquel recóndito pueblo. Los pueblerinos me pidieron ayuda para convencer a una bruja que vivía en los bosques de que dejara de realizar sus truculentas prácticas. Yo pensé que se trataba de superstición local, así que acudí a la cabaña del bosque de aquella anciana. Decidí combatirla con las mismas armas de superstición, así que fui disfrazado del Camarada Rojo.

Albert hizo una pausa, estaba visiblemente afligido y le costaba pronunciar las siguientes palabras. Al cabo de un par de minutos reunió el valor suficiente para poder continuar, mientras su mayordomo se impacientaba.

- Cuando llegué allí, hablé con la anciana. Parecía una señora mayor normal y corriente. Al poco de hablar con ella me confirmó lo que ya sospechaba. No tenía ninguna intención de marcharse. Así pues, decidí asustarla un poco con mi fantochada del Camarada Rojo, pero no quiso escucharme y se encerró en su cabaña. En aquel momento… algo cambió. Yo dejé de ser yo… algo me poseyó. Sin saber porqué, empecé a aporrear la puerta de la cabaña con todas mis fuerzas. La ira y la sed de sangre me dominaban. Al final, la puerta roñosa de madera cedió… y entré.

Otra pausa… William estaba empezando a enfadarse de verdad, pero estaba demasiado asustado por el relato para replicar nada a su enloquecido señor.

- Dentro… pensé que habría paredes de madera. Pero no había nada de eso. Es difícil de explicar. Había cuerpos. Cuerpos humanos. Trozos de cuerpos humanos. Brazos, piernas, torsos, cabezas mutiladas… cubrían la totalidad de las cuatro paredes de la choza. – Ahora Albert lloraba visiblemente mientras contaba su historia – No creo que puedas ni siquiera imaginarte algo así, Will, era algo repugnante, repulsivo, horrible, grotesco, demencial, parecía que las paredes de la cabaña estaban hechas de carne humana. Y lo peor no era eso… Lo peor era que todos aquellos miembros humanos… ¡se movían! ¡Tenían vida!

William decidió en ese momento que, definitivamente, su amo estaba loco de remate. Sin embargo, había algo en su mirada, algo que daba a entender que decía la verdad.

- Sé que no me crees – dijo Albert sollozando – ¡pero es completamente cierto! ¡Uno de esos brazos me arañó y me hizo esta marca que ves en mi mano!

- Señor… ¿qué hizo usted entonces?

- Bueno… a continuación… sé que la vieja bruja sacó una guadaña e intentó atacarme con ella. Por suerte, yo aún era joven en aquella época y pude esquivar fácilmente sus golpes. No resultó fácil, intentar esquivar a la bruja del infierno y a esos brazos y manos de pesadilla. Tras esquivar unos pocos ataques, pude agarrar la guadaña con toda mi fuerza y forcejeé con la bruja para arrebatarle el arma. Después de aquello, todo es bastante confuso. Recuerdo que usé su propia guadaña para descuartizar a la bruja. Y después de aquello… todo está borroso. Lo siguiente que recuerdo es estar frente a la cabaña de la bruja, con la guadaña en la mano y viendo arder hasta los cimientos aquel impío lugar de muerte, sangre y corrupción. El Camarada Rojo me hablaba, y me felicitaba por el trabajo realizado. Su voz era terrible, sarcástica, cruel y aterradora. Pero sabía que no me haría daño, él me necesitaba para actuar, y eso en parte me tranquilizó. Después me desmayé. A los tres días aparecí en el pueblucho de mala muerte, donde Nick me encontró y me llevó de vuelta al Orient Express.

- ¿Y cómo volvió usted a Inglaterra después, en ese estado?

Albert lanzó una elocuente y desesperanzadora mirada a su mayordomo.

- Eso es lo que quiero preguntarle al Camarada Rojo cuando vuelva a hablar conmigo.

Había algo que William no comprendía de las últimas palabras de su señor. Para calmar su miedo ante la terrible historia que acababa de escuchar, decidió seguir hablando.

- Señor… ¿dice usted que en doce años no ha vuelto a hablar con el Camarada Rojo?

Albert negó con la cabeza a su mayordomo y se levantó de su asiento. Entró en la casa y se dispuso a retirarse a sus aposentos para descansar. Había sido un largo día de amargos y terribles recuerdos.

Aquella noche, Albert se despertó sobresaltado. Se encontraba en la habitación de su criado, y sólo veía a través de dos rendijas circulares. A pesar de la oscuridad, pudo ver a su criado William en la cama, con una atroz expresión en su rostro y rodeado de sangre. Albert miró horrorizado a sus manos, y encontró en ellas una daga egipcia llena de sangre, al igual que sus manos. Había vuelto a pasar. Le estaba controlando de nuevo. Albert se dio cuenta entonces de su indumentaria. Se miró al espejo que había en la habitación de su mayordomo y una terrible figura encapuchada y con una horrible máscara roja que le daba un aspecto infernal, le devolvió una sonrisa carente de emoción.

- Sabes que tenía que hacerlo, querido Albert. Le has contado demasiado. No puede saberlo.

Albert comenzó a sollozar en silencio, se le atragantaban las palabras al hablar.

- ¿Por qué? ¿Por qué después de tanto tiempo? Pensé que no volverías. ¿Por qué?

- Si hubieras mantenido la boca cerrada yo no tendría que haber vuelto para arreglar lo que has estropeado.

- ¿Quién eres en realidad? ¿Por qué me acosas?

- Soy tú. Tú me creaste. Me diste un nombre incluso. Salieri. Es un nombre que me gusta, aunque por supuesto los demás solo me conocerán como el Camarada Rojo. Sabes que me necesitas, tú no puedes ser tú sin mí.

- ¿Por qué? ¿Por qué?

- Porque me necesitas. Necesitas que se haga justicia en el mundo, y tú eres demasiado débil para hacer lo que se ha de hacer.

- No quiero, no quiero hacer las cosas así.

- Oh, sí que quieres. Si no lo quisieras, yo no habría nacido. De todos modos, no hace falta que te lamentes tanto. Tenemos mucho que hacer. Mañana tienes un juicio, tienes que defender a un hombre acusado de asesinato. Ese hombre no debe llegar con vida a su juicio. Yo me encargaré de ello.

- ¿Por qué? ¡Yo creo en la justicia, en las leyes, no te necesito!

- Sabes que ganarás el juicio, sabes que liberarán a ese asesino. Ese criminal al que tú mismo querrías ver muerto. Ese hombre que sabes que trata con seres sobrenaturales, que ha hecho pactos con demonios para cometer sus crímenes. No podemos permitir que salga con vida.

- Entonces… ¿qué vas a hacer?

- Ahora te explicaré lo que vamos a hacer. Sólo tienes que confiar en mí…